Llegó el final de El Método Kominsky y con una impecable tercera temporada tocó el turno de despedir a nuestro profesor de actuación favorito. Vamos entonces a pasar al escenario a repasar lo que nos enseñó.
El Método Kominsky (uno de esos pocos casos en donde en Argentina usamos el nombre traducido y queda igual de bien o mejor que el original en inglés) fue la combinación perfecta entre humor, profundidad y reflexiones. Nunca cayó en ninguno de los dos lados de forma burda: ni abuso del humor ni tampoco de los golpes bajos. Todo estuvo en su justa medida y con un nivel muy alto.
La serie sigue los pasos de Sandy Kominsky, un veterano actor que dirige una pequeña academia de teatro en Los Ángeles. Sandy en algún momento del pasado tuvo un pequeño éxito como actor, pero esos días quedaron atrás y ahora debe lidiar tanto con esa carga como con los problemas y dilemas de su edad.
Todo el mérito de esta serie es de sus dos líderes. Por un lado para su creador y showrunner, Chuck Lorre. Esta vez Lorre evitó de forma sorpresiva todos los excesos de su anterior gran éxito televisivo, Two and Half Man (chistes y gags repetidos, innumerables temporadas), y entregó una serie soberbia. Y el otro gran merito es de su protagonista y productor ejecutivo, un Michael Douglas con un nivel altísimo y que se nota lo involucrado que estuvo con el proyecto y todo lo que lo disfrutó.
Una de las mayores dudas que generaba esta tercera temporada era de cómo iba adaptarse a la ya sabida ausencia de su otro gran protagonista, Alan Arkin. El dúo que formaban Norman y Sandy era en parte el eje de la serie y su dinámica era irremplazable. La realidad es que la serie logra que su ausencia se sienta de la menor manera posible, por un lado gracias a la enorme habilidad de Douglas y por otro gracias al aporte mayor de sus otros personajes, algunos queribles y otros desopilantes (con el genial Martin cumpliendo los dos casilleros).
Mientras abundan las series con mucha temporadas y artilugios para mantener la atención de los espectadores, El Método Kominsky no cayó en ninguno de estos errores y con sus tres temporadas simples y honestas entregó una los mejores series originales de Netflix.
Parafraseando a su protagonista: gracias, Norman. Y sobre todo, gracias, Sandy.


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