Y sí. Después de ocho temporadas terminó la serie que nos mantuvo cada domingo frente a nuestros televisores. La que nos hizo celebrar las victorias de nuestros protagonistas como si fueran goles o campeonatos ganados. La que nos hizo repasar pistas, profecías y teorías para ver donde iba la mano. La que nos hizo agarrarnos la cabeza más de una vez cuando creíamos estar tranquilos. Game of Thrones se despidió y su final no pasó desapercibido para casi nadie.
Esta última temporada tuvo un nivel de alcance y repercusión pocas veces alcanzados por otras series. El número de seguidores no dejó de aumentar año tras año llegando en esta temporada a convertirse en un fenómeno absoluto y cada capítulo fue un evento en sí mismo, presente en toda charla de café como cualquier otro asunto cotidiano. Bien merecido tuvo este crecimiento, aunque como siempre tal nivel de masividad genera un público más diverso e impaciente. Es que encima esta temporada dividió a sus seguidores más que nunca.
Es verdad que en estas dos últimas temporadas se sintió el apresuramiento en el cierre. Claramente la serie funcionaba mejor con temporadas de 10 capítulos en donde las tramas podían abrirse y cerrarse de una forma más desarrollada. El hecho que tuvieran 7 y 6 episodios cada una repercutió en que los arcos y las decisiones de los personajes se sucedieran de forma rápida y sin que nosotros pudiéramos entenderlas o procesarlas del todo. Realmente hubo momentos en donde los personajes se sentían complemente distintos a como los conocíamos. Y encima de todo la comparación con el cierre perfecto de esa otra gran franquicia que es Avengers fue inevitable.
Hay dos argumentos en contra de estos capítulos que podrían refutarse o por lo menos relativizarse. El primero de ellos es aquel que apunta específicamente al cierre de los personajes y sus historias. En realidad este no sería propiamente el problema, ya que seguramente los libros del gran George R.R. Martin lleguen a esos mismo puntos. Más bien el problema es, como dijimos, como la serie quiso alcanzar ese final descuidando la forma y el camino.
El otro argumento que se usa es que en estas temporadas finales se sintió la ausencia de los libros como material soporte. También esto es relativo, ya que la sexta fue una gran temporada y ya ahí prácticamente no había libros para adaptar (si bien es verdad que se basa en algunos capítulos de los libros ya publicados). Lo que hay que reconocer es que sí se siente la diferencia entre las primeras y las últimas temporadas en la cuestión de los diálogos, algo tan rico y cautivante en el universo de la serie y que es obra de la pluma de Jorgito.
Más allá de todo eso es injusto caerle a la serie por su final. En general a la mayoría de las series les cuesta el cierre y es imposible que todos queden conformes con los finales. Lo importante es todo su recorrido y la serie basada en la saga de Canción de Hielo y Fuego tuvo uno único y diferente a todo los que habíamos visto antes. Estamos hablando de una historia con una mitología enorme, tramas complejas y personajes que lo son aún más. Porque no nos equivoquemos, Game of Thrones más allá de los dragones, los caminantes blancos y las batallas épicas es una serie en donde el foco está sobre estos personajes y sus relaciones, miserias, matices y caminos. Por algo es que estuvimos cada domingo frente a los televisores.



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